Sobre la Violencia contra la Mujer, Columna de la Rvda. Pilar Medina, Pastora Bautista

En nuestro país, a esta fecha, ya han muerto 5 mujeres a mano de sus parejas o ex parejas y 51 femicidios han sido frustados. La estadística del 2017,  las cifras llegaron a 44 femicidios consumados, 115 femicidios frustrados, sin contabilizar las mujeres que han sido agredidas o asesinadas en el contexto del pololeo (noviazgo).

 

Cuando leo estas cifras, los nombres y realidades de las mujeres asesinadas (disponibles en el portal del Ministerio de la Mujer y Equidad de Género), me cuesta comprender que una gran cantidad de veces, no nos importa. La violencia está tan naturalizada que simplemente, no nos incomoda. Nos hacemos los sordos y ciegos, sin serlo. Y preferimos evitar hablar de ello en nuestros círculos, principalmente, eclesiales.

En nuestras iglesias pensamos que estamos exentos de ello. De que no hay mujeres violentadas, pero sobre todo, pensamos que nuestras acciones y discursos no son para nada dañinos, y que en realidad, las mujeres exageran cuando hablan y piden que algunas cosas cambien. Pero la verdad es que nosotros también somos cómplices. Quizá, no golpeamos ni gritamos, ni guardamos silencio frente a alguien que sí lo hace, pero lo que hacemos/decimos no siempre ayuda a transformar estas prácticas.

Cuando Jesús nos propone el reino de Dios como una realidad alternativa, diferente a la que vivimos, lo hace de una forma transformadora. Es el evangelio en sí, algo diferente que cambia, sorprende, irrumpe y nos enfrenta a nuestra propia realidad. Nos enseña a relacionarnos en equidad, sin jerarquías, horizontalmente. Nos invita a amarnos, respetarnos, valorarnos.

Es un Evangelio que se despoja de los prejuicios, acogiendo a una mujer, samaritana, casada cinco veces antes y ahora conviviendo con una pareja. Revalida a una María que prefirió sentarse a los pies del Maestro a escuchar sus enseñanzas, en un contexto en que las mujeres no eran discípulas, no tenían derecho a aprender de un Rabí. Responsabiliza también al hombre frente al adulterio, cuando quien cargaba con la culpa de la tentación era solo la mujer.

El Evangelio nos enseña a cambiar, a estar en constante cambio y aprendizaje. Y en este ámbito, también debemos ser transformados. Dejar de culpar a la mujer que fue violada, porque andaba caminando sola. Permitir que nuestras hermanas, con las capacidades y dones, enseñen y prediquen en nuestras iglesias. No delegar las tareas domésticas en nuestras comunidades, solo a las mujeres. Valorar a nuestros hermanos para también enseñar en las clases infantiles, no únicamente a ellas. Ser capaces de comprender, que a los ojos de Dios, en medio de nuestra diversidad propia, somos iguales. Iguales en derechos, en oportunidades, en trato, en respeto.

Partamos por nuestras comunidades, por nuestro discurso y acciones al interior de las iglesias, validando a las mujeres, respetándolas -a propósito del acoso callejero- y siguiendo el ejemplo práctico de Jesús.

Pilar Medina
Pastora bautista
Bachiller en Teología del Seminario Teológico Bautista

 

 

 

 



Reflexión
Cristiana

La Biblia recomienda a las esposas creyentes


Infelizmente no todos los matrimonios están formados por personas con sabiduría. Por eso, puede que en algunas situaciones extremas terminen divorciándose. La Palabra de Dios permite la separación en ciertos casos. Pero nadie puede usar esto como excusa o tomar el asunto a la ligera, pues la Biblia es taxativa: “Pero los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer. 1 Corintios 7:10-11.